El espíritu del amaretto en Suzumesya
Un café con amaretto y una almendra en duda.

Antes de salir de Polonia, adonde había ido en una visita relámpago de trabajo, rellené una maleta de dulces, pues hay afectos que, incapaces de expresarse, optan por engordar a sus destinatarios. Lo demás ya me lo había traído puesto: el vodka y el moonshine de la región boscosa de Podlasie, que allí destilan en casa y del que cada vecino lleva siempre encima cinco litros para casos de emergencia. Lo llaman duch puszczy, el espíritu del bosque. Puedo decir que ahora formo parte indisoluble de él, como un ciervo, un jabalí o un urogallo. El primer lunes de vuelta lo pasé espeso por el jet lag, sin más ambición que la casa, la calma y el milagro del aire acondicionado.
Para el segundo día ya estaba en condiciones de salir de casa, así que fui con Kei a Suzumesya, mi lugar predilecto en Ikeda, regentado por Akira y Rie. Les llevé una bolsa de galletas polacas variadas, carquinyolis y un libro sobre la tortilla de patatas que resultó instructivo en más de un sentido. Pedí un iced coffee a elección de Akira, elección que incluía el grano, el tueste y el método. Estoy en buenas manos y ya no pregunto.
Había, además, una novedad en la carta que reclamaba atención: una soda con gelatinas de colores, pequeños mundos flotantes, translúcidos y brillantes, tutti-frutti, serpentinas y formas cambiantes e impredecibles. Uno aspira por la pajita y la gelatina se atasca; luego se produce una súbita ignición en tobogán inverso que, por más esperada y deseada que sea, nunca adopta dos veces la misma forma.
Todo transcurría plácido y sin sobresaltos. Mi rehabilitación iba bien. Fue justo en ese punto de calma, con la guardia baja, cuando Akira me preguntó si quería probar su nuevo café con amaretto. Contesté que sí con un impulso pickwickiano: reaccioné por inducción, al igual que la mano que intenta atrapar la gorra cuando una racha de viento viajera te la vuela en un semáforo. Y ahí, ya demasiado tarde, me acordé de que el amaretto siempre ha sido cosa de seducciones bien calculadas. Cuenta la leyenda de Saronno que en 1525 un discípulo de Leonardo, Bernardino Luini, pintó a la posadera del pueblo como modelo de una Virgen, y que ella, en agradecimiento, le regaló un licor casero de huesos de albaricoque macerados en aguardiente. Quinientos años después, en un café de Ikeda, no había fresco ni posadera, pero el mecanismo de la seducción por licor seguía intacto, operativo. Toda historiografía es apenas una definición de lo que sigue.



La bebida era deliciosa, aromática y equilibrada, como todas las obras de Akira. Kei y Yuka-san se echaron atrás al acercar la nariz a la taza: el alcohol hacía deflagrar aquellos delicados receptores, poco acostumbrados a los hospitalarios espíritus de los bosques.
Yo no percibí en los aromas ninguna advertencia disuasoria. Los asocié de inmediato con la almendra amarga, con las moléculas de benzaldehído o con el más sensual y floral alcohol bencílico. Tenía sentido: aquel perfume también podía proceder del hueso de albaricoque.
No sé de dónde venía exactamente en la taza de Akira, ni qué concentración de alcohol tenía aquella ambrosía. Prefiero no saberlo. La duda y el misterio devuelven a la tarde algo de aquella seducción original, quinientos años después, sin fresco ni posadera de por medio.

Ficha del sitio
Suzumesya (すずめ舎)
- Dirección
- 大阪府池田市栄町7-3 (Sakaemachi 7-3, Ikeda, Osaka) — 3 min a pie de la estación de Ikeda
- Horario
- 11:00–17:00, cerrado domingos y lunes (y algún día variable más, según su calendario mensual)
- Categoría
- Cafetería · Café de especialidad · Repostería






















